viernes, 18 de abril de 2014

Macondiando

De las noches a tu lado en macondo recuerdo el olor del agua, el río que pasaba bajo mi casa y el urgente croar de las ranas durante la noche.
En la madrugada el alarido de los cerdos siendo sacrificados y salir a ver sus entrañas siendo lavadas en el río.
Recuerdo tu cuerpo en la oscuridad, tu prodigiosa verga de Buendía, esa que no quisiste que mamara, pero que me distendió hasta hacerme notar la capacidad de mi cuerpo, aún antes de parir.
Recuerdo el sonido de tu moto, la urgencia, el secreto y tus ojos sobre mi hasta el amanecer, no dormías, no soñabas, sólo cuidabas mi sueño.
Recuerdo las horas de plática en el corredor, a la luz de la vela que se extinguía, vos trayendome libros y ambos contando otros macondos, porque sabíamos que este era el nuestro.
Recuerdo nuestro mosquitero, la cueva blanca donde me amaste, la tenue luz de la bombilla amarillenta, llena de polillas o mariposillas.
La rana transparente que pusiste en mis manos, el aroma del cuero curtidísimo de tu chumpa en mi mejilla en los cientos de kilómetros que recorrimos, bajo la lluvia macondiana, entre lodazales que parecían no tener fin.
Ese olor, a lluvia eterna, la humedad que se metía en la ropa, la ropa húmeda metida en el mosquitero-cama-cueva-escondite.
Eso y las ganas de tenerte adentro, de apretar mi cuerpo al tuyo, de sentir que eras parte de mi cuerpo.
Pero a macondo no se regresa, porque el amor no es para siempre y ni vos ni yo navegaremos el magdalena, vos, como mi Florentino Ariza, no me esperarás por siempre ni yo seré la ninfa virginal que te sea fiel en cuerpos ajenos, sin dejarse manchar.
Macondo se mete en mis pupilas, el verde de tu mirada, el verde del agua, el verde de las plantas, el verde de las paredes de la casa...
Elijo recordar tu cuerpo, elijo recordar tus gemidos, el aroma acre de tu sudor de hombre de campo, la tierra de tus botas en el suelo, el olor a agua sucia cercándonos y vos, y tu respiración agitada sobre mi cuerpo, tus manos aferrando mis senos, tu boca rompiendo mi ropa y esa tienda-mosquitero-cueva, sacudiendose al ritmo de nuestro sexo apresurado.
Elijo recordarte camino al sol, en el amanecer despedida de todas las mañanas, en el reencuentro que no fue, en mis sueños  y fantasías.
quedate a vivir en mi, no en macondo.

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