He tratado tantas veces y de tantas formas de olvidarte, entonces vuelvo a imaginar tu barba recorriendo mi entrepierna y tus rizos entre mis manos y caigo, como solo caen las mujeres que saben que son más fuertes que los hombres a los que aman.
Ya aprendí a jugar, vos lo sabés, los chats calientes con chavitos dulces, a veces inexpertos que quieren que les enseñe quien sabe que cosas que imaginan, no, si vos y yo sabemos que lo mejor es aprender juntos, explorarnos uno al otro, descubrir las más grandes perversiones o las cosas más románticas, siempre intentando no atarse ni amarrarse.
Y bueno, esta vez funcionó, el teléfono, ese artefacto del demonio cada vez más inteligente, cada vez más brutal, cada vez más prosaico.
Y alli, ver las imágenes más torpes y las más osadas, las dulces formas de un ser que intenta atraerme como una luz a la polilla y yo, haciendo como que caigo, inventando formas de evadir o no hacerlo.
Me puse un traje de fiesta para ir a una fiesta, sin ganas, sin bailar, sin vos.
¿hace cuanto bailamos vos y yo? y en público soy otra, la vi a ella, sentí que quería decirme algo, no me importó, la noche terminó temprano para mi, me fui de la fiesta a buscarte, a vos, al único con el que no me importa como ni a que hora, alli estoy para vos, maestro.
Luna casi llena y noche cálida, a pesar de las fechas, algo que le debemos a un huracán que se desintegró en otro país.
Te propuse recrear aquella noche, cuando ambos nos desnudamos a la luz de la luna y yo vi brillar tu cuerpo tan blanco y me dejé poseer por la magia del plenilunio.
Y allí, en el jardín, entre las mal arrancadas malezas, y con apenas una sábana, sentí que penetrabas hasta mi alma, con esa mezcla de ardor, amor y despecho con la que cogemos ahora, que ya no estamos juntos, que ya no amanecemos juntos. No, no pude gritar, no pude ni hablar, aquello entre luz y sombra, tu y el brillo de tu cuerpo bajo la luna, tu, ese amante de siglos, porque nos hemos amado en otras vidas con otros cuerpos.
Me voy, dijiste, entiendo que te esperan, que te cuidan, que te vigilan.
Me senté en la acera, con ganas de llamar al joven de las fotos inconscientes, le marqué confusa, sin entender por qué lo hacía, me volví a meter a la casa, un cigarro, recuerdo de tu presencia y un par de lágrimas en mis ojos.
Y si, a veces yo también quiero sentirme cursi, y pensar que puedo verte mañana, aparecer en mi cama de nuevo, aunque ya no podamos ser pareja, no te aguanto en la casa después de que me coges, ya no.
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